
Como en Alicia en el país de las maravillas, en que la Reina de Corazones quiere decapitar a todo quien le parezca lo merece, sin contemplar pruebas, testimonios o un juicio justo antes hacer rodar una cabeza, es lo que ocurre en el caso de Fritzl, que aunque cuesta un poco más restarle culpabilidad, no es razón para condenarlo antes de tiempo.
Incestuosa culpa es la que le han otorgado los medios al austriaco electricista Josef Fritzl, que encerró a su hija en el sótano de su casa por 24 años, embarazándola de siete niños, uno de los cuales murió a los pocos días de vida.
A los 18 años Elizabeth fue encerrada por su padre, quien abusaba de ella desde los 11, sin razón ni sospecha aparente, sólo así, un día la encerró y no se supo de ella hasta que una de las hijas, 24 años después, estuvo al borde de la muerte, sacando a la palestra un caso escalofriante y escabroso, como la misma prensa ha catalogado.
El ogro, el monstruo de Amstetten, el carcelero, han sido una de las pocos sinónimos para nombrar a este septuagenario que tanto revuelo mundial ha causado debido a sus supuestos dotes de carcelero incestuoso, siendo muy difícil saber que es lo que realmente pasó en esta historia, puesto que la prensa aún no se pone de acuerdo para relatar una misma versión de los hechos, causas, juicio y verdadera condena, no de parte de ellos mismos, sino de un tribunal competente.
Un odio colectivo contra un padre-abuelo bastante afable, según sus propios vecinos, es lo que los medios han creado en todo el mundo, pues antes de conocer los verdaderos detalles o su propia declaración, especulan motivos, causas y crean una imagen casi diabólica de un hombre que no conocen y que a pesar de que cueste no querer decapitarlo, antes de enjuiciar sobre un tema que tan poca información veraz comprobada tiene, los medios debiesen tratar de sólo informar.
Pocos fueron los medios que se recataron en sus notas, diciendo que estaba acusado y no que ya había confesado, como otras tantos, que especularon de tal manera que las contradicciones fueron muchas y la verdad poca, sin contar que al mismo tiempo que todos estos supuestos eran publicados, otras medios contaban que el inculpado no quería declarar.
Como reina de corazones hoy hemos catalogado a la prensa amarillista que ha echado a rodar la cabeza de Fritzl, quizás no literalmente pero sí le han cortado toda posibilidad de ser considerado como otra cosa que un gran y absoluto culpable.
